sábado 28 de mayo de 2022 - Edición Nº1270

Opinión | 13 may 2022

"Cierta Idea de la Argentina", por Miguel Ángel Irribarne

La Nación no es sólo “la sangre y el suelo”, sino determinado elemento cualitativo, ideal o espiritual –como lo queramos llamar-  que, básicamente, perfila a esa unidad entre el conjunto de los pueblos y, por así decirlo, la personaliza como una comunidad de destino en lo universal


“Durante toda mi vida me hecho cierta idea de Francia.  El sentimiento me inspira tanto como la razón. (…)  Tengo, por instinto, la impresión de que la Providencia la ha creado para alcanzar éxitos acabados o desgracias ejemplares.  Si sobreviene el caso de que la mediocridad marque, sin embargo, sus hechos y gestos, experimento la sensación de una absurda anomalía, imputable a las faltas de los franceses, no al genio de la Patria…”.  Estas  palabras impresionantes fueron estampadas por el general DE GAULLE en el primer  tomo de sus Memoirs de Guerre, tomo dedicado al  llamado (l’appel) que formulase a sus compatriotas el  18 de junio de 1940, en medio del abatimiento producido por la capitulación ante las fuerzas alemanas.  Porque existió un líder capaz de formular tal llamado y éste tuvo respuesta, cinco años más tarde Francia estuvo sentada en la mesa de los vencedores.

“Cierta idea”.  Quiere decir, pues, que la Nación no es sólo “la sangre y el suelo”, sino determinado elemento cualitativo, ideal o espiritual –como lo queramos llamar-  que, básicamente, perfila a esa unidad entre el conjunto de los pueblos y, por así decirlo, la personaliza como una comunidad de destino en lo universal.

No es tan difícil aplicar las palabras de DE GAULLE a nuestra Nación.  Los viajeros más lúcidos, poco después del Primer Centenario, advertían en ella una inocultable singularidad.  Para GEORGES CLEMENCEAU Buenos Aires era la capital de un imperio inacabado. Para JOSÉ VASCONCELOS la Argentina representaba el mayor logro de la colonización española en América.  Para el conde KEYSERLING constituíamos “la juventud del Mediterráneo”…

Ahora bien, decir Nación es decir Misión, como ya lo advirtiese certeramente ORTEGA. La gente no se reúne históricamente sólo para coexistir, sino para hacer algo en el mundo.  Como especifica JORDIS VON LOHAUSEN, “solo el reconocimiento de la misión convierte a los pueblos en naciones.  Es ese reconocimiento el que los empuja al escenario de la política mundial y los llama a desempeñar su papel(…) Un pueblo tiene un pasado común; una nación espera tener un futuro común.  Un pueblo tiene una patria, o sea un país que fue de sus ancestros; una nación busca un país para sus hijos”( El coraje para el poder. Pensamientos continentales, Grupo Editor Latinoamericano, Bs.As., 1994).

Es nuestra convicción que la misión propia, específica,de nuestro país ha sido y es la de profundizar y completar en la región y el subcontinente la multisecular obra hispanorromana que se desarrolló inicialmente a través de las coronas ibéricas.  Del mismo modo que Roma bebió de Grecia (V. REMY BRAGUE, La voie romaine), España lo hizo de aquélla; pero transmisión no es repetición, sino encarnación de análogos principios y valores en un ámbito diverso, es decir mestizaje, sustancialmente en lo biológico, pero con repercusiones adjetivas en lo cultural.  No eran argentinos los primeros europeos que poblaron estas tierras, pero tampoco lo eran los indígenas. Fue su fusión lo que generó la sociedad criolla, que es nuestro verdadero “pueblo originario”.  La continuación temporal y la extensión territorial de este empeño significó para la Argentina constituirse durante muchas décadas en la vanguardia de Latinoamérica, apuntando a levantar a estos pueblos al nivel del correspondiente tiempo histórico. Por eso RODOLFO IRAZUSTA, crítico severo de ROCA, reconoce que la Conquista de Desierto “tenía significado grandioso.  Era la terminación de una empresa secular, identificada con la ocupación de América por la raza blanca, con la difusión del cristianismo, con el establecimiento de la cultura europea representada por una de sus más ilustres ramas, el Estado español…”.  Por lo demás, los mismos jefes político-militares de la Independencia (SAN MARTÍN,  BELGRANO), aunque no fueran propiamente intelectuales, habían tenido  determinada noción del orden a afirmar: eran liberal-conservadores, ilustrados pero no subversivos, mucho más próximos a JOVELLANOS que a ROBESPIERRE.  

Esta política civilizatoria  irradió más allá de nuestras fronteras, dotando a la Argentina de esa aureola que hasta hace una o dos generaciones todavía estaba vigente en los países vecinos.  Podemos decir que nuestro país se constituyó en sujeto de lo que EUGENIO D’ORS llamaría una “política de misión”.  Y no lo decimos en un sentido cabalmente teológico: entre los constituyentes del ’53 había quienes poseían la Fe cristiana, mientras otros estaban más o menos influenciados por el escepticismo, pero unos y otros votaron el artículo 67 inciso 15 de la Carta Magna, que imponía al Congreso “conservar el trato pacífico con los indios, y promover la conversión de ellos al catolicismo”. Para unos y otros entre aquellos convencionales, se trataba de desechar toda tendencia a la “ghettización” del indígena, incorporarlo abiertamente a nuestra Ecúmene.  Esta actitud no hizo sino fortalecerse a partir de la gran inmigración de 1860 a 1914, que renovó y consolidó el componente europeo de nuestro demos (v. al respecto las obras de ALBERTO SARRAMONE y DANIEL LARRIQUETA, entre otros),  a la que siguió la significativa migración interna de los ’30 y los ’40, haciendo que el mestizaje se extendiese –en distintas proporciones- a todas las regiones del país.

Paralelamente, desde ARISTÓTELES sabemos que existen condiciones sociológicas para afianzar la forma de gobierno.  La República no tiene futuro sin extensas clases medias.  Y hoy podemos agregar que lo que más contribuye a su consolidación es la permanencia de una movilidad social ascendente, más importante en sí misma que la fotografía de la  renta promedio de sus habitantes.  La Argentina gozó claramente de esa cualidad durante muchas décadas, bajo gobiernos conservadores, radicales, militares o peronistas.  Nos atrevemos a decir que el punto de inflexión desde el cual nos precipitamos en la actual decadencia podría situarse en los tiempos en que tal movilidad se detuvo  para luego invertirse.  

Sea cual fuese la “fecha” de nuestro gran accidente histórico, es indiscutible que el mismo ha venido perpetuándose y agravándose en sus efectos por las torpes orientaciones del grueso de nuestra Clase Política. La concepción de un estatismo asistencialista que permea a distintas fuerzas partidarias ha operado incesantemente en el sentido de una constante y creciente supeditación de las conductas económicas, culturales y educativas de los  ciudadanos al poder político, correlativa de una inevitable nivelación hacia abajo.  El problema es que el mantenimiento de vastas proporciones de nuestra población en tal condición servil (V. BELLOC)  se ha ido tornando para dicha CP una condición “fisiológica”, como dicen los brasileños. La falta de liderazgo genuino conduce paulatinamente a “clientelizar” la totalidad de las relaciones políticas.  Y de los usufructuarios de tales relaciones es difícil esperar que se decidan a cambiar las condiciones en que el sistema opera.  Es por eso que, a menos que aceptemos seguir hundiendonos en el “subdesarrollo sustentable” (MASSOT)  o en la “villa miseria universal” (ESPERT),  necesitaremos de una minoría dirigencial realmente heroica para arrastrar a los indecisos y los pusilánimes.

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