domingo 29 de noviembre de 2020 - Edición Nº725

Opinión | 29 oct 2020

Opinión, por Néstor Nélida

La épica adulterada de una progresía perdida

"¿Qué más queda para contar toda vez que el protagonista ya resolvió los conflictos más difíciles? Entonces llega el momento de diseminar la narrativa intrépida como metralla"


La palabra mitología proviene del griego y está compuesta por dos vocablos: “mythos” y “logos”. El primero proviene de las exposiciones en el ágora, los actos de oralidad que llevaban a cabo sacerdotes y dramaturgos de la época. El otro se refiere al modo de expresar las ideas. Las mitologías de todas las culturas buscan explicar el origen del universo y de los fenómenos naturales que se producen en nuestro planeta. Pero también funcionan como la base o el fundamento sobre el cual se construye la identidad de un pueblo. De esa edificación del credo social, por llamarlo de alguna manera, surge la epopeya, que no es otra cosa que el relato de “las hazañas de un héroe o un hecho grandioso, y en el que suele intervenir lo sobrenatural o maravilloso”.

En Argentina nos falta mitología, pero sobra la épica. Desde 1806 hasta la fecha tuvimos muchos héroes, personajes históricos que forjaron el hierro de los pilares del país al calor de guerras internas y externas. Después están aquellos que se crearon su propio pasado trascendente y levantaron como propios -en este milenio con más asiduidad- estandartes de otros o meramente ficticios.

"Más cerca en el tiempo, y sobre todo durante los dos primeros gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, la construcción de la falsa heroicidad cobró bríos insospechados"

Uno de los más notables fue Juan Domingo Perón, quien logró pasar a la posteridad como el luchador infatigable de los trabajadores y promulgador de leyes como la ley 4661 de descanso dominical (de 1905), la ley de accidentes de trabajo (de 1915), la jornada laboral de 8 horas (de 1929). 

Más cerca en el tiempo, y sobre todo durante los dos primeros gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, la construcción de la falsa heroicidad cobró bríos insospechados. Al punto de convertir a un matrimonio que pasó gran parte de su vida haciéndose la América en la despoblada Santa Cruz, en dos luchadores de la democracia durante la Dictadura; en dos férreos opositores al mal llamado neoliberalismo menemista, cuando la pareja elogió en más de una oportunidad al gobierno de Carlos Menem como “el mejor” o un “renovador”; o a las victorias electorales de Néstor Kirchner a nivel nacional que nunca ocurrieron.

El problema devino luego de instalado el relato. ¿Qué más queda para contar toda vez que el protagonista ya resolvió los conflictos más difíciles? Entonces llega el momento de diseminar la narrativa intrépida como metralla, en forma de cartuchos que estallan en miles de perdigones de decadencia. La inauguración de una canilla se vuelve tema de cadena nacional, un pozo de agua amerita una foto con funcionarios, la “resistencia con aguante” en el marco de un gobierno democrático. 

"Mientras tanto, Argentina superó los 30 mil muertos, vio caer su PBI a niveles históricos y afronta una recesión económica como nunca antes"

Acaso la peor de las fábulas sea la que se gestó durante la pandemia. Configurada en frases, podría resumirse con estas cuatro: “Nos toman de ejemplo en el mundo”, “le estamos ganando al coronavirus”, “estamos empeñados en encontrar la vacuna”, “el estado te cuida”. Mientras tanto, Argentina superó los 30 mil muertos, vio caer su PBI a niveles históricos y afronta una recesión económica como nunca antes desde que somos Nación. Todo esto sucede bajo el eco de los aplausos de sus militantes, cegados por lo que escuchan de boca de sus dirigentes y no por la realidad que les explota en el rostro.

La épica espuria oculta el cinismo que esta progresía de papel maché demuestra en cada alocución. Por ejemplo, en una de las últimas conferencias del ministro de Salud, Ginés González García, quien entre risas lo “retó” al presidente Alberto Fernández por otorgarle el cargo sin avisarle “que se venía una pandemia”. La obscenidad descarada en los discursos de funcionarios de todos los estamentos estuvo siempre visible para aquellos que quisieran compararlas con sus actos. Bastaba con entender que, en política, la realidad y la ficción son asuntos separados.
 

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