domingo 29 de noviembre de 2020 - Edición Nº725

Opinión | 20 oct 2020

Salud

La mayor inversión de los pobres son años de vida

“No se puede trazar una línea de pobreza y aplicarla a rajatabla a todo el mundo por igual, sin tener en cuenta las características y circunstancias personales"


La frase, atribuida al economista hindú Amartya Sen –Nobel de Economía 1998- refleja una verdad de a puño, de aquellas que los españoles denominarían de Pedro Grullo. El sabio bengalí definía a la pobreza como un mundo diverso y complicado. Afirmaba en una de sus últimas conferencias: “No se puede trazar una línea de pobreza y aplicarla a rajatabla a todo el mundo por igual, sin tener en cuenta las características y circunstancias personales. Existen factores geográficos, biológicos y sociales que multiplican o disminuyen el impacto de los ingresos en cada individuo. Entre los más desfavorecidos hay elementos generalmente ausentes, como educación, acceso a la tierra, salud y longevidad, justicia, apoyo familiar y comunitario, créditos y otros recursos productivos, voz en las instituciones y acceso a las oportunidades.” En concordancia con estos dichos, el Banco Mundial usa 6 variables de salud para establecer el Índice de Desarrollo Humano. De tratar de explicar el porqué nos ocuparemos en este escrito.

El gráfico que antecede, tomado en base a datos recopilados por Chequeado.com,  demuestra que no hemos mejorado sustancialmente, a excepción de la crisis del año 2001 y que este 2020 va empeorando.

Esto repercute en la salud de las personas, aún antes de nacer. Un feto cuya madre se nutre deficientemente, padecerá también esta carencia y acusará complicaciones derivadas de la falta de nutrientes, como son un desarrollo físico e intelectual inferior a la media. Además, muchas de esas gestantes no disponen de posibilidades de brindar los cuidados neonatales necesarios ni reciben atención médica, sea por desconocimiento o por dificultad en el acceso a la educación y asistencia sanitarias.  Como ejemplo, en nuestro país Chaco encabeza el lote de nacidos vivos con bajo peso al nacer –menos de 2,5 kg-, deficiencia que acarreará problemas de salud en el futuro a la absoluta mayoría de esos niños. 

No es sólo un problema nuestro, el 99% de la mortalidad materno infantil se registra en los países subdesarrollados y en Argentina hay regiones comparables con índices que, al mismo tiempo, demuestran las profundas diferencias entre las provincias. Mientras que en Buenos Aires o Córdoba es de 6 y 7 por mil nacimientos, en Corrientes (13 por mil); Formosa (11,3 por mil); Tucumán (11,2 por mil); La Rioja (10,3 por mil) y Salta (10,1 por mil) casi doblan esas cifras. Concordantemente, en estas regiones la maternidad adolescente es más frecuente que en el resto de la nación.

Durante el crecimiento y desarrollo, la pobreza también incide en la condición sanitaria de nuestra gente. Las enfermedades infecciosas –diarrea, dengue, tuberculosis, VIH- y las sociales –adicción a fármacos, alcoholismo, delincuencia, siniestros viales- se enseñorean asimismo con los sectores más desprotegidos. Las enfermedades respiratorias –influenza y neumonía- de alta frecuencia en este grupo poblacional, se constituyeron en la tercer causa de muerte según un informe dado recientemente -2018- por la Dirección de Estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación, precedido por las cardiopatías y los tumores malignos y desplazando al cuarto lugar a las afecciones cerebrovasculares, dato no menor que contribuye a robustecer lo que afirmamos precedentemente. Teniendo en cuenta las falencias en la información sanitaria nacional harto demostrada en esta pandemia, estos datos podrían incrementarse notoriamente.

Los pobres no sólo tienen dificultado su acceso a la atención sanitaria, sino también a la educación, circunstancia que los hace aún más pasibles de contraer afecciones previsibles. Los menos instruidos se enferman más y peor, siendo éste otro factor que contribuye en forma directa a mantenerlos en la inopia.

Concluyendo, la pobreza y la mala salud van de la mano. La primera es gran generadora de enfermedades y, a su vez, la segunda hace que los pobres lo sigan siendo al ser parcial o totalmente excluidos del ámbito laboral. El resultado de esta trágica suma no es sólo una expectativa de vida marcadamente inferior a la media,  sino también peor en los años de existencia.

Muchos pensarán que se requiere más asistencialismo, más dinero, más hospitales o más aparatos de diagnóstico y tratamiento. Lejos de ser así, en primera instancia y con medidas de escaso valor, como provisión agua potable, educación sanitaria –cómo alimentarse, enseñando medidas de higiene-, atención primaria de la salud con equipos multidisciplinarios que accedan a los sectores desprotegidos para prevenir y detectar las afecciones más frecuentes se lograría mucha más salud que repartiendo dinero o creando hospitales complejos. Esto sería un paso relevante para lograr la equidad que merece nuestra sociedad, dentro de la ley y con mayor repercusión que cualquier otra medida. 

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