lunes 19 de octubre de 2020 - Edición Nº684

Sociedad | 6 oct 2020

Entrevista

"La pandemia hizo al sistema de salud más dependiente de un Estado que no planifica demasiado"

En diálogo exclusivo con PerioData, el doctor Marcelo García Dieguez repasó las deficiencias sanitarias de la Argentina, la situación local con el COVID-19, el cansancio del personal de la Salud y la educación


La pandemia, las fallas en el sistema de salud, el personal sanitario, la grieta, son algunos de los temas que el médico, profesor de la Universidad Nacional del Sur y ex-director Nacional de Capital Humano, Marcelo García Diéguez, tocó en una amable conversación con PerioData. 

En esta segunda entrega de entrevistas con personalidades destacadas de los sectores más importantes de la sociedad, la actualidad fue el hilo conductor aunque también se dieron definiciones de problemas estructurales que llevan años y soluciones posibles.  

PerioData: ¿Desde hace cuánto tiempo que el sector está en crisis?

García Dieguez: La respuesta sería cuándo no estuvo en crisis. Si bien es verdad que la crisis económica del 2001 dejó muy mal al sector, no podemos quedarnos solo con esos últimos 20 años. En realidad, estructuralmente tiene algunos problemas que promueven que esté en situación crítica.
La excesiva fragmentación que tiene el sistema de salud ya promueve por un lado una ineficiencia del uso de los recursos, y por otro una dificultad para sostenerse. Cuando uno tiene la financiación atomizada en subsectores y esos subsectores -particularmente el de la seguridad social- dividido en una innumerable cantidad de obras sociales, eso hace poco eficiente la gestión económico-financiera. Y, además, tenemos un sistema prestador también atomizado y sin una rectoría en su distribución (esto aplica a las cuestiones del Estado como a los prestadores del área privada y de la seguridad social). Todo eso genera un sustento para que la crisis se convierta casi en algo estructural.
Parece paradójico, por ejemplo en la provincia de Buenos Aires la única parte del sistema de salud que tiene una regulación poblacional son las farmacias. Nadie se preocupa por saber cada cuántos habitantes tiene que haber un tomógrafo o cuántos médicos de primer nivel de atención son necesarios para una población determinada, pero sí cuántas farmacias. Lo cual demuestra también que los factores que hacen que se tomen decisiones en el sistema de salud, no siempre son los de la rectoría, la planificación, la gestión pensada en el beneficio de la población.

PD: Es decir, la mala gestión de recursos en general, no solo en cuanto a lo económico.

GD: Sin lugar a dudas. Esto aplica a todas las áreas: a la distribución tecnológica; a la gestión de redes que te permiten que un país tan diverso como el nuestro uno pueda asegurarse de que en el lugar más chico trasladar a un paciente al lugar donde necesita ser tratado (porque necesita más complejidad) se genere adecuadamente; tiene que ver con la distribución del capital humano, con dónde están esos médicos que la gente necesita.
Durante años en la Argentina decíamos “sobran médicos”. Y cuando uno hace la cuenta, vemos que hay más de 100 mil médicos y eso nos pondría en los estándares internacionales. Ahora bien, cuando recorremos las provincias, incluso la provincia de Buenos Aires, observamos que Lincoln no está en la misma situación que La Plata, o Jujuy que Santa Fe.
Ahí nos damos cuenta que la distribución del recurso humano no es una cuestión del número global. Tenemos que empezar a mirar si la distribución de especialidades es adecuada, si está siendo mediada por alguna política o es meramente decisiones del mercado laboral (de los propios profesionales). Esa suma de ineficiencias lleva a que el sistema esté prácticamente siempre en crisis.
La pandemia lo único que hizo fue poner esto crudamente arriba de la mesa, y además hacer un sistema todavía más dependiente de un Estado que tampoco sigue planificando demasiado. Hoy está siendo el bombero del sistema, pero tampoco está sentándose a planificar.

PD: Dentro de este contexto, ¿la falta más notoria es la del recurso humano?

GD: Probablemente sea la que hoy se hace más evidente, porque lo que nos muestra es que hay grandes áreas de la práctica que cuesta mucho cubrirlas. Todo ese fenómeno caótico que mencionábamos, lo que promueve es el multiempleo. Son muy pocos los profesionales médicos que tienen un solo trabajo.
Hay un trabajo reciente de un grupo de investigadores argentinos que trata de ver cómo perciben los profesionales de la salud su vivencia en la pandemia. Lo que sorprende es la cantidad de profesionales que reportan que trabajan en un ámbito público y uno privado y en más de uno de cada sector. Esta organización caótica lleva a que se pague mal a los profesionales y que éstos busquen como una forma de seguridad múltiples empleos desde distintos lugares como una forma de protegerse de ese caos sistémico.
Este pluriempleo lleva a que un profesional cuente por cuatro, porque a la mañana trabaja en el hospital público, al mediodía da clase o trabaja en una obra social como auditor, y a la tarde hace su consultorio o va a una institución privada. Entonces el sistema, al hacer el recuento, tiene tres profesionales. Cuando hay que aislarlo porque es COVID-19 positivo o fue contacto de COVID-19 positivo, de golpe pierdo tres profesionales.
Lo que la pandemia hizo fue poner en evidencia que en el primer nivel de atención, que en las terapias intensivas y en muchas áreas de internaciones, eran insuficientes porque funcionaban gracias a que una persona cubría tres puestos. Ahí es donde el recurso humano empieza a ser un problema.
Además este pluriempleo permite naturalizar esa vieja frase de “yo hago este pago y vos tenés que trabajar”. La realidad te empieza a mostrar que el pago a los médicos es insuficiente. 
En la Argentina el profesional de dedicación exclusiva, salvo en algunos hospitales públicos con una organización muy particular como el Garrahan, el hospital del Cruce o algunos hospitales grandes de la ciudad de Buenos Aires; es muy limitada. Al contrario de lo que ocurre en otros países del mundo.

PD: Puntualmente, ¿qué se debería mejorar para conseguir un efecto en el corto o mediano plazo?

GD: A mi me parece que en la situación en la que estamos, en que el sistema no lo vamos a poder cambiar, promover un diálogo amplio es una opción. Primero al interior del sistema de salud, es decir poder sentar a todos en un pie de igualdad. Se ve que por un lado unos trabajan con las provincias, por otro con las cámaras de prestadores privados. 
Cuando uno está en una situación de crisis, las mesas de consenso en las que opinar no sea una guerra si no un aporte, es clave. La falta de escucha a muchos expertos de la oposición que ha tenido el Gobierno, promoviendo una grieta alrededor de la pandemia, es algo que si no se modifica nos va a seguir haciendo equivocar. 
No se puede plantear que hay “anticuarentena” y “procuarentena”, que hay “economía” o “salud”. Lo que debemos hacer es un reconocimiento de que enfrentarnos nos hace daño, tanto o más que la pandemia. 
El Gobierno debería caminar por esa vía. Buscar peleas en cada cosa, enfrentar a la provincia de Buenos Aires con la CABA es un error que hace daño a la salud. La coordinación entre esos dos distritos es muy importante. Hay que bajar los niveles de conflicto, no aumentarlos. Sin embargo, pareciera que cada día el Gobierno busca un conflicto nuevo para sumarlo, como si fuera una forma de mantenerse activo y que sus adherentes redoblen la apuesta en términos políticos. 

PD: ¿Cómo analiza, en términos sanitarios, el manejo de la pandemia por parte del Gobierno Nacional?

GD: Es difícil encontrar una palabra para calificarlos porque es difícil hacer blancos y negros. Le faltó humildad para manejar la pandemia. Le faltó aceptar que manejar la pandemia era manejar la incertidumbre. Obviamente debe ser muy complicado tener que gestionar desde el Gobierno y mostrarse seguro para tranquilizar a la población sobre, insisto, una enorme incertidumbre que generaba la pandemia. 
Me parece que en esta necesidad de generar certezas tomó algunas decisiones acertadas, pero no supo entender a flexibilidad que esas decisiones acertadas podían tener. Estuvo bien aprovechar el temor inicial de la gente cuando veíamos lo que pasaba en Europa e iniciar la cuarentena para que la gente entienda cuál era el camino a seguir. Es probable que si eso no hubiera ocurrido, hoy -aún cuando es más bajo de lo que quisiéramos- la gente no andaría con barbijos. Si no hubiésemos tomado esa consciencia, difícilmente hubiéramos generado alguna medida de distanciamiento social. Nos abrazamos menos, nos besamos menos, usamos barbijo. Entonces, esa toma de consciencia inicial fue una buena medida.
Ahora, lo que no terminó de entenderse es que el número de infectados es el que iba a ser. Aplanar la curva no significa bajar la cantidad de casos, significa retrasar en el tiempo los casos. Esto fue algo que no se entendió. Nos pasamos esperando que llegue el enemigo, “ya va a llegar el pico”, y cuando llegó nos agarró con todas las defensas bajas, con el cuerpo agotado, con todas las dificultades de arrastrar siete meses de espera. 
Por otro lado, cuando teníamos un alto número de casos importados nos focalizamos en encerrar a la población que todavía no había sido contagiada y fuimos demasiado laxos con la población que venía del extranjero. Tal vez eso hubiera sido un poco más efectivo. Aquellos países que fueron mucho más duros en el manejo del ingreso al territorio, tuvieron hasta ahora menos casos que los que tuvo la Argentina.
La otra cosa que debió mirarse desde otro lugar, tiene que ver con dónde iban a estar los pacientes. Está claro que en la Argentina la letalidad de los pacientes es un poco más baja que en otros lugares. Esto en América Latina ya se había visto, y sin embargo hicimos todas nuestras apuestas a los cuidados críticos. En muchos otros países está empezando a haber problemas serios para manejar pacientes moderados, porque lo que se nos saturó fueron las salas de internación general.    
Si bien en algunos distritos grandes el trabajo de las internaciones no hospitalarias funcionan adecuadamente, en el interior el desarrollo de estos espacios (N. del E. se refiere a hospitales de campaña, clubes acondicionados para albergar pacientes, etc) fue mucho más difícil porque fue dejado a los gobiernos municipales que no necesariamente tienen los recursos para hacerlos. 
Otra cosa que no se trabajó oportunamente fueron los testeos. Cuando uno mira la tasa de positividad que tenemos en Argentina, vemos que es altísima. Esto significa que llegamos tarde, que estamos testeando a los enfermos que ya sabemos que están contagiados. Hoy, donde ya sabemos que no hay circulación de virus Influenza, un paciente que tiene fiebre, dolor de garganta y dolor en el cuerpo, tiene COVID-19.
Lo que deberíamos haber hecho es mucho más testeo, aislar a los contactos, cortar la cadena de contagio. Esto no se hizo, por eso seguimos teniendo brotes en geriátricos, un número alto de profesionales de la salud que dan positivo. Se compraron muchos respiradores pero no incrementaron la cantidad de equipos que hacen PCR (N. del E. equipos de detección en tiempo real).

PD: ¿Cómo se encuentra el personal de la Salud?

GD: Está muy cansado, creo yo entrando en una fase agotamiento emocional. Porque además, y esto hay que decirlo, la frase “no tanto aplauso y más acciones reales” refleja la opinión de la mayoría de los profesionales de la salud. Esa sensación de que son héroes para la tribuna pero en términos generales no hacemos todo lo que podemos por ellos. Y esto en todos los niveles.
Están sosteniendo la estructura y haciendo un sacrificio enorme. Los que están en la trinchera la pasan mal. Muchos se enferman, algunos se mueren. Además hay muchos médicos que han quedado sin trabajo, porque hay muchas prácticas que razonablemente no se hacen, y es una realidad que no se está mirando. En la Argentina hay una alta proporción de profesionales que viven de la práctica “liberal” de la profesión. Eso está ignorado en los análisis. Imaginemos al personal de salud que trabaja en más de una institución: enfermeros, cuidadores. La realidad es que uno ha visto cómo se han estigmatizado trabajadores como si fuera responsabilidad de ellos que en un lugar aparezca un brote de COVID-19. Todas esas cosas han generado un gran cansancio, un gran agotamiento y mucho descreimiento y desazón de futuro.
Por otro lado, hoy las instituciones privadas, aún las más grandes, son fuertemente dependientes de los subsidios del Estado. En julio del año que viene, si la pandemia no es “la estrella”, ¿quién los va a ayudar a salir de esto? Porque estas instituciones van a quedar sumamente dañadas después de la pandemia. 

PD: ¿Algo que quiera agregar?

GD: Quiero mencionar la relación del sistema educativo de los profesionales de la Salud y esta situación de pandemia. Creo que este es otro tema que tenemos que empezar a analizar. Llevamos un año sin clases presenciales, nuestros estudiantes de enfermería, de medicina, de kinesiología, de todas las carreras de Ciencias de la Salud no han hecho prácticas. 
La situación llevó a la Universidad a buscar y a entender que había que modernizar muchos aspectos de la educación. Creo que tuvo una resultancia interesante, hoy hay un gran debate sobre la educación de los profesionales de la Salud que tal vez estaba más dormida de lo necesario. Pero, por otra parte, tenemos una serie de profesionales que están terminando su carrera con una incertidumbre de cuándo van a poder hacer las prácticas que no hicieron. Y esto en algunas áreas es complejo. 
Creo que es el momento de empezar a discutir cómo se vuelve a las aulas, la salida de la pandemia. Si el Gobierno tuviera la grandeza, debería hacer una convocatoria muy amplia y humilde para poder escuchar a todos sin señalar a nadie por su forma de pensar. Para encontrar soluciones no sólo a los problemas económicos, sino también a los sanitarios y educativos.
 

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